Siempre veo y escucho de gente que trabaja 2, 3, 4 y hasta 5 horas de más, personas que deberían salir de sus lugares de trabajo a las 18hs se quedan hasta las 22hs o 23hs sin ninguna compensación. Es cierto que algunas veces uno debe terminar un trabajo y ello puede requerir quedarse algunas horas extras por unos días. No hay nada malo en ello, el problema surge cuando esa situación no se da de manera excepcional sino que es una constante, cuando las personas se quedan a hacer sobre turnos por semanas o incluso meses.
Por lo general, las respuestas que dan aquellos que así lo hacen cuando se les pregunta el por qué de quedarse hasta esas horas son algunas de estas:
- porque el proyecto lo necesitaba,
- porque ellos se comprometieron a tenerlo en esa fecha y/o,
- porque ellos son muy responsables.
Seguro podríamos discutir estas respuestas desde algunos puntos de vista técnicos-metodológicos-ingenieriles pero esta vez no. Esta vez quiero analizarlo desde el punto de vista psicológico. Para esto, partamos de la base de que las personas saben que afuera hay un mundo, que tienen una novia, una esposa, unos hijos que los esperan. Se dan cuenta que, al menos en invierno y en mi provincia, entran a trabajar de noche y salen de trabajar de noche. Todo el mundo es consciente de que su tiempo es finito y que la vida se les pasa pero aún así se quedan a trabajar muchas más horas. ¿A cambio de qué? De nada.
¿Cómo es posible entonces? La verdad es que esa declamada responsabilidad es solo una excusa inconsciente, una trampa psicológica que los protege de la angustia de saber que están tirando su vida al tacho. Esto nos lleva a otra pregunta: ¿qué les impide irse a casa a las 18hs? En apariencia, nada se los impide. Es más, hasta se les podría culpar de ser adictos al trabajo. Pero si se necesita de una excusa inconsciente para justificarse por hacer algo es porque existen otras fuerzas invisibles que les impiden irse a las 18hs.
La primera y quizás más poderosa es la fuerza del grupo. Una vez que un grupo acepta trabajar más horas que aquellas inicialmente pactadas, todo nuevo integrante se someterá al comportamiento e idiosincrasia del grupo. El experimento de conformidad de Asch es una muestra clara y por demás concluyente de que la individualidad se distiende en gran medida para concordar con la visión grupo. Si todos trabajan hasta las 20hs, aún cuando no fuese necesario, aquel que se fuera a las 18hs sufriría una presión enorme. Ver el experimento del ascensor.
La segunda es el de la autoridad. El poder que la autoridad tiene para suprimir la voluntad del individuo llega a límites insospechados. El experimento de obediencia a la autoridad de Milgram, el que se recreó muchísimas veces con similares conclusiones, prueba que en el 65% de los casos, personas comunes llegan a aplicar descargas de 450 voltios a un semejante solo por obediencia, esto en algunos casos equivale a matarlos. Entonces, en las organizaciones, donde la estructura de autoridad es absolutamente vertical y se encuentra claramente establecida, la obediencia es un factor clave. Aunque las frases: “Quiero esto para mañana” y “Hasta que no esté resuelto no se va nadie de acá” son ejemplos crudos y explícitos, las ordenes no tienen por qué ser tan explicitas (la sugestión es mucho más efectiva incluso) para que sean acatadas cuando quien las imparte ha sido embestido con autoridad por la compañía. Por otro lado, la obediencia en las organizaciones se muestra más como un afán por mostrarse cooperativo que como el cumplimiento de una orden.
Son estas dos fuerzas las que, junto con otras como la de “comprometerse” (quizás con las estimaciones dichas en público), crean un malestar psíquico como producto de la disonancia entre lo que hacen, de manera forzada, y lo que realmente piensan sobre lo que hacen. La magnitud del malestar es proporcional a la magnitud de la disonancia y por ello, para disminuir la angustia, buscan mediante una excusa, estar en mayor consonancia con lo que hacen. Ver “Cognitive consequences of forced compliance”
El problema detrás de todo esto es que el malestar tiene que desaparecer de alguna manera. Por lo general, las personas que hacen sobre turnos están dispuestos a cambiar de trabajo mucho más fácilmente que aquellos que no los hacen. Es un problema real para las organizaciones que tiene costos asociados los cuales son muy difíciles de medir. ¿Cual es la ganancia asociada a una persona que trabaja durante 3 meses algo más de 2 horas extras para luego irse a la competencia? Nadie lo sabe.
Pero lo más triste es que muchas de estas personas (colegas) que se cambian a la competencia en busca de una realidad distinta, terminan en exactamente las mismas situaciones solo que en una empresa diferente. Siempre que hablo con alguien que quiere “escapar” a otra empresa para cambiar su realidad actual le pregunto: ¿Y qué vas a hacer para que en la nueva empresa no te termine pasando lo mismo? Nadie lo sabe.
Yo tampoco tengo la respuesta pero sin dudas parte de culpa pertenece a las personas que aceptan esos sobre turnos. Aún cuando puedan irse autoimponiendo de manera gradual y progresiva.